lunes, 5 de abril de 2010

Entre Redes (todo no es tan fácil como parece)


No pude dormir toda la noche, pensando en la pesada faena que iba a tener, como dice Vallejo, ese “Lunes Cualquiera”; iba a enrumbarme en mi primera aventura en alta mar.

Había soñado con el mar toda mi vida y siempre quise estar vinculado muy íntimamente con él. Cómo se imaginan, vengo de una familia de pescadores; ellos se han dedicado a este duro oficio por más de 50 años y yo no podría dejar la herencia atrás, así que decidí ser pescador, claro mi madre no estuvo de acuerdo, ella quería que sea abogado o ingeniero.

Ansioso me levanté, mi corazón estaba latiendo a mil por hora, ya sentía la brisa marina en mi cara y podía sentir el olor pescado entre mi dedos, que impregnado se había quedado cada vez que mi padre pasaba sus manos sobre las mías despidiéndose y diciendo: ¡algún día vendrás conmigo!

Antes de irme alistamos todo y cargamos la chalana con comida para dos días.

Don “Cucho” mano derecha de mi padre empezó a contar fábulas sobre sus viajes en alta mar; yo escuchaba muy atento y pensaba en contar mis historias marinas en un futuro; claro que 99.9% de las historias de “Cucho” eran mentira, parecía que había estado en opio la noche anterior, pero siempre me llenaban de sentimiento y de querer ser lo que desde niño quise ser, PESCADOR.

Agarramos el viejo “Chevrotlet 230” de mi padre, enganchamos la chalana y nos fuimos rumbo al muelle. “Patricia”, como cariñosamente llamaba mi papa a su carro, estaba haciéndose pedazos. El no se desasía de ella, porque tenía un alto valor sentimental. Sino me equivoco, mi hermano mayor, nació en asiento posterior de este viejo Chevy.

Llegamos con las justas de gasolina, y “Patricia” pudo descansar por fin. Llegó la hora de bajar las cosas. Llevábamos una nueva ancla para nuestra embarcación, bloqueador (mi madre lo puso), anzuelos, hilos, etc. Mi corazón latía cada vez más, cuando se acercaba la hora de salida. Preguntaba por los secretos de mar, cuántos tipos de peces habían en la zona y donde encontrarlos. Estaba emocionado, no podía controlarlo ni esconderlo. ¡Mi primera vez! Estuve esperando esto toda mi vida.



Estuvimos sentados hablando como media hora antes de salir. Ellos me estaban dando cátedra de todo lo necesario que uno de saber antes de entrar al mar por primera vez. Mientras ellos hablaban, yo miraba el horizonte, y no quería escuchar más, solo quería empezar mi ansiado sueño, pensaba en cuan grande es el océano, pero me sentía todo un conquistador, porque así lo había visto a mi padre siempre, él lo podía conocer tan bien, casi a la perfección. Mi interés por aprender era enorme, quería que mi padre este orgulloso de mi y que mi madre sepa que tomé la decisión correcta.



Era hora de aprender a volar. Era hora de extender mi alas y alcanzar lo inalcanzable. Mientras estaba sentado con “Cucho” y mi padre vi a los zarcillos volar y me sentí muy inspirado y dije “como ellos conquistan el cielo, así yo conquistaré el mar”. Mire a mi padre y el me lanzó una sonrisa y me dijo es hora, ¿ya estás listo hombrecito?



Antes de ir a la mar fuimos en busca de nuestras redes. Fermín, compañero de mi padre por años, las estaba arreglando. El nos dijo que la pesca había estado un poco floja, pero como era Semana Santa, San Pedro nos iba a ayudar. “Ese es nuestro hermano, siempre animándonos antes de cualquier faena” – dijo “Cucho”.

“Ya es hora chibolo. Carga lo pesado que nosotros ya estamos bien tíos para hacerlo” – dijo “Cucho” con el humor que lo caracterizaba. “Ahora si al agua, hermano” – dijo mi padre a “Cucho”. Más listo que nunca obedecí y comenzó la aventura. Nos esperaban dos días de pura hombría, sudor y olor a pescado.

Caminando por mi querido muelle, pasaban pensamientos, como combis por la Av. Huaylas en hora punta. Sabía que lo que estaba haciendo era correcto, pero una vez en la acción sentía un poco de temor. Mi padre sintió eso en mi y me dio un abrazo.

Mucha gente había fallecido dentro del mar. Jamás se me había pasado eso por la cabeza. Pero al estar a pocos segundo de sentir el desequilibrio del bote dentro del mar, lo pensé.

Encontramos a Doña Helena, sentada en la entrada de muelle, ella siempre está allí cada mañana. Su esposo murió dos años atrás, pero ella jamás lo superó y siempre se sienta a esperarlo, pero él jamás ancla su chalana al muelle. Ella siempre está con una canasta, donde lleva el desayuno de su esposo cada mañana. Su rico pan con pejerrey y un café bien cargado.

El encuentro con Helena me hizo pensar que mi hombría iba a ser probada al máximo. El trabajo de pescador no es algo sencillo, uno debe estar preparado y decidido a hacerlo. Con miedo pero con convicción de que estaba preparado para el mar me embarque y salimos.

Una pequeña cruz nos recordaba la memoria de Ricardo, esposo de Helena y decidimos dedicar esta faena a ella. “Listo capitán”, “Listo” respondí.

Comprendí porque mi madre no quería que sea pescador, al estar en alta mar comencé a pensar en ella. Sabía que ella estaba rezando por mi, para que no ocurra nada.

Ya estaba en alta mar y no había paso atrás. El oleaje era incesante, el mareo invadía mi ser, veía que todo daba vueltas, las nauseas me dominaban, estaba a punto de desmayar, y en mis pensamientos tirar la toalla era una opción imposible, La verdad, nunca pensé que esto iba a ser tan difícil. Uno piensa que es fácil cuando solo lo ve desde el exterior, pero una vez inmerso en este mundo del pescado tu punto de vista cambia por completo, si es que en este estado puedes poner tus pensamientos en orden.

Fueron dos días interminables. Al fin me pude acostumbrar al movimiento de la chalana y dormir bajo las estrellas, era algo que ya no me sorprendía. Ya me había acostumbrado al sonido del mar, el viento y de las olas yendo y viniendo. A pesar del duro camino que me llevó, yo ya me sentía un pescador, Porque la belleza del paisaje se puso a un lado y mi preocupación por llenar las redes era mi prioridad.

La vida te da sorpresas, sorpresas te da vida, como dice Rubén Blades, eso es muy cierto. Uno puede pensar muchas cosas antes de realizar algo y la experiencia te sorprende. Nunca pienses que todo es fácil, eso es lo que aprendí en estos dos días de arduo trabajo.



Al regresar a tierra, contamos nuestras aventuras, exagerando, de ley, a nuestros colegas. Ellos me felicitaron y “Travolta” uno de los más respetados pescadores, de este muelle chorrillano, me dio la mano y me dijo “lo lograste hijo, pero hueles a … y después dijo su clásico “Soy una basura, no “Cucho”, mientras tiraba una cabeza de guitarra para que se la coman los pelícanos. Me sentí parte de ellos, había logrado mi objetivo, pero me pongo a pensar tranquilamente, que esto es solo el comienzo.

Cuantos mareos, cuantas redes, cuantas tormentas, cuantos peces, cuantas aventuras, para llegar a ser como ellos, los maestros del mar.

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